Los del curro, claro.
Ha llegado un momento en el que estoy bastante cansado de estos supuestos compañeros y, como ellos no me cuentan a la cara sus problemas conmigo -aunque luego me reprochen lo mismo-, pues voy a seguir en mi línea y lo voy a escribir aquí. La diferencia radica en que yo sé que ellos leen este blog. Si no todos, al menos algunos de ellos, y la noticia correrá como la pólvora. Acabarán leyéndolo todos los que no sean demasiado vagos, pero incluso estos obtendrán seguramente un buen resumen de sus compañeros que sí lo lean. Total, que todos se van a enterar. Que así sea.
Carta abierta a mis ‘compañeros’ del curro:
“Hasta la polla” es lo que más viene a mi mente cuando pienso en el curro. No me gusta, ya lo he dicho antes, esta tecnología que me ahoga. Pero es que además, mis compañeros no ayudan. Antes de que se dé por aludido quien no debe, quiero dejar bien claro que me refiero a los del principio, a los que llevan aquí tanto tiempo como yo. Esos son los que, por alguna razón que desconozco y que nadie quiere explicarme a la cara -ojo, que ya me da igual, que no venga nadie a darme explicaciones ahora-, me están aislando cada vez más.
Hasta el punto que ahora ya no soy ni un compañero para ellos, soy lo mismo que la silla en que me siento, o que la mesa sobre la que reposa mi PC. Es más, ya ni siquiera me utilizan en su propio beneficio. Saben que soy bueno técnicamente y que suelo ser una buena ayuda ante problemas que tienen, pero ya ni para eso me hablan. Bah, a mí me da igual. Es más, mejor, así no tengo que molestarme.
La última vez que hablé sobre ellos en una entrada, acabé con varios troles -luego me enteré de quién era al menos uno de ellos-, que hicieron bajo la protección del anonimato lo que no se atrevían a hacer a la cara. En aquel momento pequé de pensar que no leían lo que escribo. Ahora sé que sí que es así, por lo que estoy preparado. No voy a quitar los comentarios, pase lo que pase. Que hagan lo que quieran. Lo que puedan decir me resbala y esta situación ya no tiene vuelta atrás porque así lo han querido. Ya estuve hablando con varios de ellos tras el verano y les dije que lo mejor que podíamos hacer era borrón y cuenta nueva. Me dijeron que sí. Pero se ve que para ellos borrón y cuenta nueva era una especie de reinicio lento. No ha tardado mucho en volver a estar la situación como antes de aquellas charlas. Y yo ya paso.
Merece la pena la mención especial de tres nombres. Nombres de los únicos compañeros que sí merecen la pena: Agus, Edu y Will. La última vez no usé nombre alguno. Que cada uno se diera por aludido en la categoría que le correspondiera. Yo creo que aquello funcionó bien, pero esta vez quiero algo más explícito.
Estos tres compañeros que menciono son los únicos que valen la pena porque son los únicos que todavía en cierta forma se preocupan por mí. Son los únicos que aún de vez en cuando piensan en mí, los que me devuelven el saludo, los que hablan conmigo de temas que no sean de trabajo… Los que me tratan como a un compañero de verdad, como a una persona. A ellos debo darle las gracias, porque sin estos verdaderos compañeros -amén de otros de los que no estoy hablando aquí y que no deberían darse por aludidos, como los últimos llegados al proyecto-, la estancia aquí sería insoportable.
Y, por más que lo pienso, todavía no sé qué es lo que hice mal ni en qué momento. Antes de cambiar de edificio al que nos alberga ahora, las cosas iban bastante bien, creo yo. No sé qué ocurrió en aquella mudanza, quizá se dejaron en aquel edificio todo lo que ahora echo en falta. No lo sé. Y, repito, no me lo dicen. Allá ellos.
Puede que se deba a mi reiterada falta de interés por quedar con ellos fuera del curro. O a que prefiero pasar mi jornada laboral sentado en mi puesto a estar por ahí de vez en cuando hablando con la gente. Soy asocial, ya lo he dicho. Y, en mi tiempo libre, prefiero estar con mis amigos de toda la vida o con mi novia. Pero no creo que ése sea el motivo, porque teníamos un compañero que directamente decía que no quería quedar con nosotros fuera del curro porque ya tenía bastante con vernos en la oficina. Y con él no tenían problemas…
Podría ser también porque he estado a punto de pirarme de la empresa, pensando en mí mismo antes que en el proyecto, dejándoles el marrón de tener que encargarse de mi parte. Pero, claro, cualquiera que se ponga en mi situación -sólo hay que usar un poquito eso de la empatía, si no se os ha olvidado
-, comprenderá que prefiriera salir de aquí cuanto antes en lugar de pensar en el bien de un grupo que no me acepta.
La verdad es que no entiendo muy bien la situación. Al principio era como en la universidad: me llevaba bien con todo el mundo. El buen compañerismo hacía que tuviera ganas de ayudar a la gente, que viniera de buen humor, que quisiera hacer bromas, que saludara a todo el mundo con una sonrisa al llegar a la oficina. Pero, poco a poco, esto ha ido degenerando en una situación que me recuerda al instituto. Aquella fue la más oscura época de mi vida, mis peores momentos. Aunque entonces sí sé a qué se debió mi aislamiento: a mi sobrepeso. Adolescentes inmaduros no supieron ver más allá de la capa de grasa, no supieron llegar a lo bueno que había en mí, no me supieron ver a mí. Sólo a un gordo con el que no querían estar. En aquella época tuve la suerte de que dos de los integrantes del grupo acabaron apoyándome, aún sabiendo que podían acabar siendo rechazados por los demás, igual que yo. Pero lo hicieron. Y ahora uno de ellos es uno de mis mejores amigos, de esos que puedo contar con los dedos de una mano. Lamentablemente, en este grupo de ahora, no tengo ese mismo apoyo incondicional. La mano que mueve los hilos no lo permite, supongo, y no querrán sufrir el destierro al que estoy condenado yo. No se lo reprocho. No todos tienen la valentía de aquellos dos compañeros del insituto.
Yo espero que en esta ocasión, la causa de mis problemas no sea la misma. Sería muy triste darse cuenta de que no hemos avanzado apenas nada en algo más de 11 años. No obstante, la inmadurez es la misma, o quizá peor. Porque mis compañeros de ahora no tienen 14 años.
Así que, ésta es mi situación laboral. Bien visto por mis superiores, bien valorado, pero desterrado por mis compañeros, sin razón alguna -al menos, que yo sepa-. Esto sólo me hace desear con más fuerza que termine de una vez mi etapa actual en la empresa y llegar cuanto antes al cambio de proyecto. Espero mantener el contacto con los compañeros auténticos. Aunque tenga que ser en secreto, para que no los destierren a ellos también.