JUN 29

El ángel se preparaba para afrontar la embestida del diablo, pero ésta nunca se produjo. El despreciable ser se quedó mirando a Alex como si sólo él existiera en todo el universo. Le observó bien, de arriba abajo, sin perderse detalle. Y, cuando ya pensaba que sufriría su poderoso mandoble antes de lanzarse en pos del caballero angelical, el demonio huyó despavorido por la rendija que a punto estaba de cerrarse en el cielo, blanco como la nieve virgen.
El caballero pudo entonces relajarse y, libre de la tensión que lo mantenía en pie, cayó de rodillas sujetándose el costado derecho. El joven, estupefacto, se acercó a intentar socorrerle, sin saber muy bien cómo se puede auxiliar a un ángel, y pudo comprobar que respiraba con dificultad. Se quitó el peto, revelando una herida oculta que había atravesado el costado de la armadura, destrozando la cota de escamas. Se sentó como pudo y cruzó las piernas, al modo de los indios americanos, y se quedó mirando a Alex. La profunda e intensa mirada de unos ojos curtidos en mil batallas, rebosantes de energía, no amedrentó al joven. De pronto, una sonrisa se dibujó en el rostro del ángel y clavó su cálida mirada en los ojos de Alex. Éste no se encontraba incómodo, el caballero le observaba como si fuesen dos grandes amigos que se acababan de reencontrar después de mucho tiempo.
-Al fin has aparecido -dijo sonriendo.- Aunque un poco tarde, me temo. La guerra ya ha dado comienzo y creo que poco podrás hacer ya por salvarnos.
Alex no comprendía lo que el caballero le decía. Hablaba en perfecto español, las palabras le eran conocidas, pero lo que decía no tenía sentido para él. ¿Salvador? ¿Él? ¿De ángeles? Sin duda, le había confundido con otra persona.
-¿A qué te refieres? -inquirió.
-Bueno, lo cierto es que no sé cómo te llamas -repuso, al tiempo que se ponía en pie trabajosamente,- pero sé que eres nuestro Salvador. Los Antiguos profetizaron tu llegada hace mucho tiempo, más del que pueda tener tu planeta. No obstante, parece que cometieron algún error. Se suponía que tenías que aparecer antes de que toda esta locura empezara.
Alex aún no le entendía.
-Eres un ángel, chico, como yo. Bueno, no como yo, tú eres el mejor de todos nosotros, el más poderoso y mejor preparado de todos los tiempos. Si te hubiésemos podido dar el entrenamiento adecuado, sin duda habrías acabado con todo esto en un instante. Pero ya es tarde.
Ya se encontraba de pie, totalmente erguido, y se colocó el peto. Con un ademán, que Alex no pudo apreciar bien, la espada desapareció en un destello blanco azulado.
-No tenemos tiempo para largas explicaciones, estamos en plena guerra, pero te voy a contar la versión resumida. No conozco las circunstancias en detalle, pero has muerto y te has convertido en ángel. Deberías estar en el Cielo y no aquí, en el Limbo, pero con el caos que tenemos ahí arriba supongo que el ángel que debió haberte conducido junto a nosotros estará muy ocupado luchando, si es que no ha sido destruido. Cuando mucho tiempo atrás apareció el Diablo, Satanás, entre nosotros y Dios le condenó al Infierno, juró que se vengaría y los Antiguos de nuestra estirpe profetizaron que se rebelaría contra Dios y declararía una Guerra Santa por el control de todo. Pero nos dieron esperanza también: dijeron que un ángel nacería en aquel momento, y sería el más poderoso de todos nosotros. Más cercano a Nuestro Señor que ningún otro. Y él acabaría con la Guerra, antes incluso de que se iniciara. Por eso digo que has llegado tarde: estamos ya en plena guerra y no pinta bien para nosotros. Me temo que ellos -y pronunció esta palabra con profundo odio- van a obtener la victoria. No nos esperábamos un ataque directo, arrasaron las Puertas con facilidad y se adentraron en nuestro Reino, destruyéndolo todo a su paso. En seguida reaccionamos y contraatacamos, pero el factor sorpresa les ha otorgado una gran ventaja. Esta guerra debería haberse librado en la Tierra, como estaba escrito, pero Satanás no acata ley alguna y nos ha atacado directamente. No estábamos preparados para esto.
Mientras el ángel de seis alas hablaba, Alex podía notar su tristeza y su desánimo.
-Pero ya está bien de cháchara, tenemos que volver. Mis compañeros y hermanos están luchando y muriendo. Te llevaré conmigo y te dejaré en lugar seguro mientras yo intento hacer algo.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, levantó a Alex en vilo, al tiempo que batía las alas para alzar el vuelo. De pronto, ocurrió algo extraño: Alex sintió como si una sábana de seda transparente se deslizara sobre ellos a medida que avanzaban. Cuando, súbitamente, la sábana terminó, se encontraban en otro lugar. Habían “cruzado el velo”, como decían ellos, y ahora estaban en el Cielo. Un lugar que parecía por entero construido con oro y nubes, y plata y piedras preciosas. Y todos los edificios eran de color blanco, como de mármol. Pero reinaba el caos: edificios derrumbándose, gente corriendo de un lado a otro, ángeles y demonios luchando por doquier…

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ABR 11

De pronto, Alex se encontraba en una extraña sala de un color blanco brillante. Sus ojos tardaron un tiempo en acostumbrarse al cambio brusco de la oscuridad de la noche a la claridad de aquella habitación. Tras unos parpadeos, pudo apreciar mejor los detalles del lugar en que se encontraba o, mejor dicho, la ausencia de los mismos. La estancia era toda de color blanco: suelo, paredes y techo. Aunque no se podría decir si existía otra cosa que el suelo y, de haberlo, se encontraba a gran distancia. Alex estaba en el suelo, sentado como si se acabara de caer de culo y bastante aturdido y confuso. No comprendía qué hacía en aquél lugar; lo último que recordaba era haberse despedido de su novia.

Se puso en pie sin ningún esfuerzo, como si su cuerpo no pesara absolutamente nada, e intentó discernir la presencia de paredes, pero fue en vano. Sabía que había suelo porque lo notaba bajo sus pies, aunque no sabría decir de qué material estaba hecho. Por lo demás, era incapaz de diferenciar paredes o techo, o siquiera dónde terminaba el suelo o adivinar un horizonte; no había luz ni sombras, tan sólo el monótono blanco al que ya se había acostumbrado. Se encontraba abstraído en sus investigaciones cuando algo llamó clamorosamente su atención: un estruendo procedente de algún lugar a su espalda. Se giró rápidamente, aunque le pareció hacerlo a cámara lenta, y vio una enorme brecha frente a él, a unos tres metros de altura. Por aquella brecha cabría perfectamente el más alto jugador de baloncesto, pero lo que la atravesó no fue precisamente eso. Al principio, sólo alcanzó a distinguir un amasijo de plumas, pero cuando se esparcieron un poco, pudo ver con dificultad que era un hombre lo que entraba por la fisura. La velocidad que llevaba era tal que no se pudo fijar mejor, pero el supuesto hombre cayó aparatosamente detrás de Alex. Justo cuando intentaba observar con mayor atención qué era exactamente lo que acababa de caer un nuevo sonido ensordecedor llamó su atención.

Por la misma grieta aparecía ahora otro ser, que nada tenía que ver con el primero. Se trataba de algo horrendo, despidiendo un hedor fétido, como a azufre. Un par de cuernos coronaban su ancha frente y parecía llevar puesta una armadura medieval; en la zarpa derecha llevaba una enorme espada, similar a las cimitarras de los árabes y volaba gracias a un par de enormes alas membranosas, parecidas a las de los murciélagos, que surgían de su espalda. El demonio aterrizó pesadamente junto a Alex; era enorme, mediría más de dos metros, pero por alguna razón, Alex no sintió ningún miedo. Se giró para observar por fin qué fue lo primero que entró por la abertura que ahora se cerraba y pudo comprobar que, como ya sospechaba, se trataba de un ángel. No obstante, le sorprendió la cantidad de alas que tenía. Cualquiera que piense en un ángel, imagina un ser con forma humana y un par de alas emplumadas, como de ave, a la espalda. Pero el ser que se erguía ante él poseía dos pares de alas a la espalda y otro más en los tobillos, un ala en cada uno. Lucía una larga cabellera rubia que no parecía muy cuidada; tenía unos ojos brillantes de un azul penetrante; llevaba un peto metálico con un símbolo grabado que no sabría reconocer y, bajo el peto, una cota de escamas; en las piernas unos pantalones bastante ceñidos y, en la parte inferior, unas protecciones que parecían confeccionadas con algún metal similar al acero y oro. En la diestra blandía una espada que se parecía mucho a las katanas que solían usar los samurais del Japón medieval.

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ABR 11

-Hasta luego, cielo. Te quiero mucho.

Nada podía hacerle pensar que éstas serían sus últimas palabras. A sus 23 años aún tenía toda la vida por delante: estaba terminando sus estudios, hacía poco que se había prometido con su novia, que lucía con orgullo y evidentes muestras de felicidad el anillo que simbolizaba su amor y la seriedad de la petición.

Acababa de despedirse de ella. Habían pasado la tarde juntos hablando, riendo y, en definitiva, divirtiéndose. Tras una sencilla cena en un restaurante de comida rápida, la había acompañado a casa.

Tras la agridulce despedida él estaba como hechizado, imbuido de una energía mística que ligaba su alma al espejo de la mirada de ella. Sus dos ojos, verdes como esmeraldas, remataban a la perfección su cara de ángel. Una nariz pequeñita y unos labios carnosos que invitaban al beso conformaban el resto de su rostro. Y esas mejillas que tenía le daban un aspecto encantador. Como decía, el embrujo le impedía apartar la mirada de ella, que continuaba despidiéndose de él mediante gestos desde el otro lado de la puerta del edificio. Él retrocedía contra su voluntad, dando pequeños pasos de espaldas, ajeno a lo que pudiera haber detrás. Craso error.

Desde donde ella se encontraba no puedo verlo venir, pues de lo contrario le hubiera avisado. Él se giró de pronto, concentrado en olvidarla por un momento para poder emprender el camino de regreso a casa. Ajeno a todo lo que le rodeaba, empezó a cruzar la calle sin mirar. Entonces, un enorme monstruo rojo se abalanzó sobre él, con una piel dura y fría como el metal, sus fauces abiertas de par en par cual terrible ventana a una oscuridad sin fin y un par de enormes ojos redondos, que le miraban impasibles, bañándole en la tenebrosa luz que emanaban, justo antes de arrollarle, acabando con su vida. Fue el autobús de la línea 8 lo que le golpeó a gran velocidad. Se elevó unos metros en el aire nocturno de Madrid para caer sobre el parabrisas de un coche que iba en dirección opuesta a la del autobús. Cuando el cuerpo sin vida cayó pesadamente sobre el duro asfalto, su alma ya había comenzado su viaje, y él no se había enterado de nada, debido a la rapidez con que sucedió todo.

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