El ángel se preparaba para afrontar la embestida del diablo, pero ésta nunca se produjo. El despreciable ser se quedó mirando a Alex como si sólo él existiera en todo el universo. Le observó bien, de arriba abajo, sin perderse detalle. Y, cuando ya pensaba que sufriría su poderoso mandoble antes de lanzarse en pos del caballero angelical, el demonio huyó despavorido por la rendija que a punto estaba de cerrarse en el cielo, blanco como la nieve virgen.
El caballero pudo entonces relajarse y, libre de la tensión que lo mantenía en pie, cayó de rodillas sujetándose el costado derecho. El joven, estupefacto, se acercó a intentar socorrerle, sin saber muy bien cómo se puede auxiliar a un ángel, y pudo comprobar que respiraba con dificultad. Se quitó el peto, revelando una herida oculta que había atravesado el costado de la armadura, destrozando la cota de escamas. Se sentó como pudo y cruzó las piernas, al modo de los indios americanos, y se quedó mirando a Alex. La profunda e intensa mirada de unos ojos curtidos en mil batallas, rebosantes de energía, no amedrentó al joven. De pronto, una sonrisa se dibujó en el rostro del ángel y clavó su cálida mirada en los ojos de Alex. Éste no se encontraba incómodo, el caballero le observaba como si fuesen dos grandes amigos que se acababan de reencontrar después de mucho tiempo.
-Al fin has aparecido -dijo sonriendo.- Aunque un poco tarde, me temo. La guerra ya ha dado comienzo y creo que poco podrás hacer ya por salvarnos.
Alex no comprendía lo que el caballero le decía. Hablaba en perfecto español, las palabras le eran conocidas, pero lo que decía no tenía sentido para él. ¿Salvador? ¿Él? ¿De ángeles? Sin duda, le había confundido con otra persona.
-¿A qué te refieres? -inquirió.
-Bueno, lo cierto es que no sé cómo te llamas -repuso, al tiempo que se ponía en pie trabajosamente,- pero sé que eres nuestro Salvador. Los Antiguos profetizaron tu llegada hace mucho tiempo, más del que pueda tener tu planeta. No obstante, parece que cometieron algún error. Se suponía que tenías que aparecer antes de que toda esta locura empezara.
Alex aún no le entendía.
-Eres un ángel, chico, como yo. Bueno, no como yo, tú eres el mejor de todos nosotros, el más poderoso y mejor preparado de todos los tiempos. Si te hubiésemos podido dar el entrenamiento adecuado, sin duda habrías acabado con todo esto en un instante. Pero ya es tarde.
Ya se encontraba de pie, totalmente erguido, y se colocó el peto. Con un ademán, que Alex no pudo apreciar bien, la espada desapareció en un destello blanco azulado.
-No tenemos tiempo para largas explicaciones, estamos en plena guerra, pero te voy a contar la versión resumida. No conozco las circunstancias en detalle, pero has muerto y te has convertido en ángel. Deberías estar en el Cielo y no aquí, en el Limbo, pero con el caos que tenemos ahí arriba supongo que el ángel que debió haberte conducido junto a nosotros estará muy ocupado luchando, si es que no ha sido destruido. Cuando mucho tiempo atrás apareció el Diablo, Satanás, entre nosotros y Dios le condenó al Infierno, juró que se vengaría y los Antiguos de nuestra estirpe profetizaron que se rebelaría contra Dios y declararía una Guerra Santa por el control de todo. Pero nos dieron esperanza también: dijeron que un ángel nacería en aquel momento, y sería el más poderoso de todos nosotros. Más cercano a Nuestro Señor que ningún otro. Y él acabaría con la Guerra, antes incluso de que se iniciara. Por eso digo que has llegado tarde: estamos ya en plena guerra y no pinta bien para nosotros. Me temo que ellos -y pronunció esta palabra con profundo odio- van a obtener la victoria. No nos esperábamos un ataque directo, arrasaron las Puertas con facilidad y se adentraron en nuestro Reino, destruyéndolo todo a su paso. En seguida reaccionamos y contraatacamos, pero el factor sorpresa les ha otorgado una gran ventaja. Esta guerra debería haberse librado en la Tierra, como estaba escrito, pero Satanás no acata ley alguna y nos ha atacado directamente. No estábamos preparados para esto.
Mientras el ángel de seis alas hablaba, Alex podía notar su tristeza y su desánimo.
-Pero ya está bien de cháchara, tenemos que volver. Mis compañeros y hermanos están luchando y muriendo. Te llevaré conmigo y te dejaré en lugar seguro mientras yo intento hacer algo.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, levantó a Alex en vilo, al tiempo que batía las alas para alzar el vuelo. De pronto, ocurrió algo extraño: Alex sintió como si una sábana de seda transparente se deslizara sobre ellos a medida que avanzaban. Cuando, súbitamente, la sábana terminó, se encontraban en otro lugar. Habían “cruzado el velo”, como decían ellos, y ahora estaban en el Cielo. Un lugar que parecía por entero construido con oro y nubes, y plata y piedras preciosas. Y todos los edificios eran de color blanco, como de mármol. Pero reinaba el caos: edificios derrumbándose, gente corriendo de un lado a otro, ángeles y demonios luchando por doquier…
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