DIC 11

Martes 11 de Diciembre de 2007. Aunque esta terrible historia de supervivencia se podría dar cualquier otro día. Pero yo la he vivido hoy. En realidad, tampoco es la primera vez que veo algo parecido, pero siempre había querido contarlo con este estilo. Allá voy:

Eran casi las 9 de la mañana, en un tren de Cercanías de la línea C5, dirección Atocha. Llegando a la estación de Villaverde Alto, estoy sentado junto a la puerta. De pronto, sin previo aviso, la chica que iba sentada a mi lado se levanta para bajarse del tren en la estación a la que nos acercamos.

Entonces, veo la escena a cámara lenta, como en tiempo bala.

En frente del asiento hay una chica, una inocente cebra de unos 20 años. Ha visto el asiento libre y quiere ocuparlo.

Pero aparece el león: una mujer de unos 50, rechoncha y apestando a colonia barata. La pobre cebra tiene que rodear a dos personas que se encuentran junto a la puerta; el león tiene que rodearme a mí para sentarse. La diferencia de edad y de agilidad y reflejos deberían darle la ventaja a la cebra, pero el león es ya viejo y tiene experiencia en este tipo de situaciones. Puedo escuchar con absoluta nitidez los rugidos del león que atemorizan a la cebra, que ni siquiera lo intenta: se rinde antes de que comience la carnicería y vuelve a su sitio.

El león se sienta a mi lado, con aire victorioso mientras yo tengo que centrar mi concentración en respirar más suavemente para que el olfato no se active con cada inspiración y poder así ignorar el horrible perfume…

Escenas como estas se pueden vivir a diario en el transporte público de Madrid (supongo que también en otros lugares). Las viejas, con prisas, de malas maneras, dando codazos y golpes, refunfuñando y usando todos los medios a su alcance, se lanzan a por los sitios libres que hay. Esa es la principal razón de que no les ceda mi asiento. Su voracidad, que ya he tenido que sufrir en alguna ocasión, nubla su sentido. En ocasiones ni siquiera ibas a sentarte, no te habías movido, cuando sentías el vendabal geriátrico que pasaba a tu lado, dándote codazos y reclamando un sitio que, cierto, quizá sea suyo por derecho, pero esas no son las formas.

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